Alguna vez cuando vivía en
Buenos aires logré conseguir lo que en el momento fue lo más exquisito que llegaría
a comer en meses, la dicha era tal que al verlo sentí que el aire susurraba las
estrofas de nuestro himno nacional, el “oh gloria inmarcesible” tuvo sentido, y
podía notarse bajo esas verdes hojas de plátano el sabor a hogar, a familia, a
barrio –aunque nunca viví en uno-
Eran 2, los condenados tamales
que había recibido producto de un trueque, mi felicidad no podía ser mayor,
solo esperaba compartirla con alguien que al igual que yo fuera digno de tan
distinguido alimento.
Bueno Realmente no pensé mucho
para elegir aquella persona, yo tenía un tamal de sobra y un novio Argentino
sobrado, eran directamente incluyentes.
No
puedo describir el tono de mi voz, mi expresión de acontecimiento al contarle
que esa noche iba a saborear un plato típico colombiano que le cambiaría la
vida. Llegue a su apartamento y corrí a su cocina le pedí afablemente que
pusiera la mesa.
En un comienzo no entendí mucho,
mis ojos no se acostumbraron a esa luz tenue que proporcionan las velas, me costó
unos minutos percatarme de lo pintoresco que era todo. La escena se torno así,
yo con 2 platos hondos donde había servido los tamales cada uno con una
rebanada de pan por supuesto, y mi
querido gaucho acostumbrado a sus bifes y su puré de papa, de pie abriendo una
botella de vino a la luz de las velas esperando por mi y el plato que cambiaria su vida. Tengo que sentirme
orgullosa, fuí fuerte y no solté la carcajada, de hecho fue tan gracioso que no
hice ningún comentario al respecto, me senté puse mi cara de sofisticada y devoré
mi tamal, claro que vi su sorpresa al encontrarse con tan curioso plato, y
claro que el vino no era menos que poco agradable para acompañarlo, nunca
pregunte su percepción del plato, me conforme con haber roto un mito que nunca
me había cuestionado
¿Es acaso el vino un buen
acompañante del tamal?

No hay comentarios:
Publicar un comentario